—Excelentísimo señor, es don Juan Govantes—dijo el oficial.

—Que eche pie á tierra y que camine así—ordenó Miramón.

Govantes había sido reaccionario neto.

En Lerma, el general Antonio de Ayestarán los vigiló durante la noche en la pieza que les servía de cárcel.

Más tarde, supieron la causa del excesivo cuidado de Ayestarán, que no los dejó un instante solos en la travesía: Miramón, recelando mucho de Márquez, había puesto bajo la responsabilidad de Ayestarán la vida de Berriozábal, Degollado y Gómez Farías.

En un punto del camino, la vida de los tres fué severamente amenazada, la muerte puesta á la vista.

Márquez ordenó, al atravesar un bosque, que la escolta, disparara sobre los prisioneros, si las guerrillas de Aureliano Rivera hacían fuego entre la montaña.

Hubo instante en que Ayestarán se cambiara palabras duras con Márquez.

Sonaron disparos de las guerrillas de Aureliano Rivera y no les llegó la muerte á los prisioneros, que ya la esperaban por detrás.

En la Capital fueron alojados en el Palacio Nacional. Se les atendió y se les consideró. Ignoraban lo que acontecía.