Más antes había mostrado un rasgo de desprendimiento de su personalidad, sacrificándola por el amor á la patria.
Dos veces se sujetó á juicio, del Congreso y de la Corte, por la cuestión Barron-Forbes, que costó dos millones de pesos de indemnización.
Ahora que se le formaba otra causa, le asistía también la justicia; pero los «hombres de la fortuna, del poder y de la fuerza estaban contra él.»
El Artesano Libre, de Morelia, y El Partido Puro, de esta Capital, le insultaban y vilipendiaban estando sub judice: le decían calumniador, loco, cuasi general, vergonzante, tinterillo y que había incurrido en escandalosa defección y colgado para ludibrio del viento la siempre virgen cuanto victoriosa espada.
Y él replicaba en Abril de 1861:
«Siempre se me ha visto bajo los fuegos del fusil en las acciones de guerra, retirarme el último en los campos de batalla y cuidar la retaguardia en todas las retiradas para reunir y reorganizar las fuerzas que estaban á mis órdenes.
«Bien ó mal, yo he servido á la causa nacional, y he probado, hasta en mis desaciertos, mi buena intención y anhelo por ser útil á mi país.
«Por despreciable y poco digno que yo sea, al fin es un hecho que fuí uno de los caudillos del pueblo, y cuanto mal se diga ó se publique por mí, debe afectar á los demás caudillos y deshonrar al gran partido liberal en presencia de los reaccionarios.
«No busco ni la gratitud ni el aprecio público por mis servicios, porque ya sabía antes de ponerme al frente del Ejército constitucional que en todos los países y en todos los tiempos los servicios á la patria no han encontrado más que almas envidiosas y corazones desgraciados.
«Si antes me cogiere la muerte, tengo hijos y amigos que sabrán volver por mi honra.»