Don Santos Degollado se apoyó del brazo de Gómez Farías y se dirigió á la Cámara á solicitar el permiso de ir á la guerra para vengar á Ocampo.
Al presentarse en el salón, todos los diputados se pusieron de pié; y luego que dijo el fin que allí lo llevaba, fué objeto de una ovación unánime.
«Mi deseo se limita á marchar á la guerra, no para sacar de sus hogares y asesinar á los enemigos indefensos, sino para batirme cuerpo á cuerpo con los asesinos.»[12]
Y partió á Toluca para cumplir su solemne promesa.
A la puerta de la casa del general Berriozábal, gobernador y jefe de la división del Estado de México, cuando los caballos piafaban de impaciencia por la tardanza de los jinetes que no acababan de despedirse adentro, sus muchos amigos quisieron disuadir á don Santos del propósito que tenía tomado: vigilar el convoy que debía salir de Tacubaya á su paso por el Monte de las Cruces, el día 15 de Junio de 1861.
El general Berriozábal le acompañó en el camino.
Hicieron alto en Las Cabezas.
Llegaba la diligencia de México y venía el ayudante Francisco Taboada.
—¿Qué sucede con el convoy?—le preguntó don Santos Degollado.