—Está en Tacubaya—contestó Taboada.
—Retirémonos á Lerma,—dijo Berriozábal al señor Degollado.
—Ese no es mi negocio. El gobierno me dice que viene y debo estar aquí—respondió don Santos.
Sacó su reloj y dijo á Berriozábal:
—Usted debe volverse.
—Da usted dado en este monte tan peligroso.
—Tomaré mis precauciones.
—Entonces quedo á las ordenes de usted.
Y avanzaron: Berriozábal iría por todo el camino real hasta encontrarse con el convoy y el general Degollado por entre la montaña; pero antes, para emprender la marcha paralela, éste ganaría las cumbres del frente á la Pila y en señal de su llegada tocaría diana.
El general Berriozábal, en menos de un cuarto de hora de espera, oyó un tiroteo y en seguida la diana prometida; pero debemos advertir, según el dicho de testigos presenciales, que la diana únicamente la oyó el general Berriozábal.