Y siguió su marcha.
En Cuajimalpa, el teniente Perfecto Soto se le presentó á noticiarle la derrota del batallón rifleros de San Luis.
Berriozábal resistió creerlo; sin embargo, retrocedió para reconocer el campo.
Algunos disparos le hacían de entre la montaña, á la falda de las cumbres.
Vió pendientes de los árboles muchos cadáveres de soldados.
Ya no le cabía duda: don Santos había sido derrotado.
En Huixquilucan supo que Degollado había muerto.
Allá arriba de las cumbres, después de haberse batido valientemente sus soldados, el enemigo hizo multitud de prisioneros y luego, afirma solo Berriozábal, “obligó á los mismos cornetas y tambores de San Luis que tocasen diana.”
Don Santos, pistola en mano, descendía la pendiente al paso de su caballo.
Se rompió la brida; se apeó á anudarla y fué hecho prisionero. El Chato Alejandro le dió una lanzada.