Una arboleda alta y frondosa, la tierra negra y húmeda de fertilidad; la gente iba y venía por las amplias y frescas calles; en los sepulcros, cargados de adornos, ardían cirios y los deudos parecían retraerse y estar en vela; el recogimiento del dolor reinaba.

De súbito, el soldado se detiene ante un contraste: entre el rico embellecimiento artificial había un sepulcro humilde; lo señalaba el césped y un valladito de arquillos de bejuco, y un ciprés con sus ramas secas y su sombra le lloraba. Al encuentro salía un frontón en que se leía este como recuerdo de la patria:

EL GENERAL SANTOS DEGOLLADO.
15 DE JUNIO DE 1861.

El soldado se decubrió y echó á volar su memoria: Morelia, Guanajuato, Jalisco, Colima, Toluca, el Monte de Las Cruces.

Y luego olvidó todo y se puso á orar por su buen jefe.

Ahí reposaba su general, el COLMENERO como le llamaban, el valiente que no hizo mal á nadie, que tuvo más patriotismo que ninguno, que fué siempre justo y honrado y cariñoso.

Lo veía con la eterna dulzura en el rostro alentar á sus soldados en las batallas, infundirles la esperanza, hacer que amasen á la patria sacrificándose y ofreciéndole la vida.

—¿Por qué aquí? ¡Ah, eres humilde hasta en la muerte!—dijo el soldado.

Diecisiete años han transcurrido.

El tiempo ha hecho más humilde el sepulcro de don Santos Degollado.