Era precisamente el año 1844, cuando Santa-Anna declaró su odio de muerte al Congreso porque le había negado facultades para imponer nuevas contribuciones y entraba de paso en la Presidencia el íntegro don José Joaquín de Herrera. Los ánimos estaban en efervescencia y la dictadura hacía sentir su peso de plomo sobre todo el país. Empezó estudiando con gran provecho la táctica de infantería y obtuvo el premio en el examen de fin de año.

Al siguiente, era sargento segundo, conforme al reglamento del Colegio, y la aprobación del consejo de profesores. Aprendió concienzudamente la táctica de caballería, Matemáticas elementales y las otras materias anexas al curso. Ahí también obtuvo el primer premio.

Intima amistad le unía á Osollo y Miramón, implacables enemigos de los liberales. Cuentan que en el Colegio, Miramón y Valle solían saludarse así:

—Mi General—hablaba Miramón con la mano derecha llevada al kepí y cuadrándose marcialmente.

—Ordene Su Alteza—decía Valle.

Y la broma juvenil tuvo que ser realidad hasta cierto punto: Leandro llegó á ser general, y Miramón Presidente de la República, todavía muy jóvenes.

El 20 de Enero de 1847 ascendió á subteniente por especial empeño de don Valentín Gómez Farías. Este fué el paso que resolvió el porvenir de Valle.

Desde entonces demostró de continuo el valor y la serenidad tan peculiares en los trances más difíciles de su vida militar. El 27 de Febrero, ese día que los 3,300 mentados Polkos se pronunciaron al grito de ¡muera Gómez Furias! y ¡mueran los puros! Valle defendía el punto de Santa Clarita y por sostener á don Valentín, se batía cuerpo á cuerpo con los rebeldes, teniendo presente que el Gobierno establecido cuidaba con sus cinco sentidos de hacer frente á los Estados Unidos. Agobiado México por los odios de política y de creencia y por la irrupción de los bárbaros del Norte, casi enseñoreados del país por estar á punto de ocupar las principales ciudades, Valle se puso á las órdenes del general don Juan Alvarez, templado más su denuedo por el peligro en que pasaba la patria; y transcurrido algún tiempo, á las de don Antonio Banuet. Cuando este su querido jefe fué herido por el invasor extranjero, le llevó solícitamente á su hogar y le puso con filial cariño en los brazos de sus ancianos padres, en tanto él seguía batiendo al enemigo en el Puente Colorado.

Las revueltas tan obstinadas por aquella luctuosa época le impelían en fuerza de la índole de su carrera á entrar y salir con frecuencia del Colegio.

En 1850, á la vez que estudiaba Física y Mecánica, consagraba sus ocios á la literatura sin dejar por esto de ser uno de los alumnos más aprovechados: obtuvo como en los anteriores exámenes, el primer premio. Tan grandes esperanzas el Gobierno cifró en él, que tuvo el propósito de enviarle á París para que sellara su tan brillante carrera con mayores conocimientos teóricos en la ciencia de la guerra y más extensa práctica. La pobreza de sus padres causó en parte el fracaso de aquel viaje que fué para él un sueño dorado.