Dado su afecto por la poesía y su fama de inteligente, que resonaba entre sus condiscípulos y profesores, el 15 de Septiembre de 1851, en la celebración de la Independencia, recitó en el Teatro Nacional una composición que le valió estrepitosos aplausos por el ardor con que fué declamada y algunos atrevidos pensamientos que contenía. Por ejemplo, habla de los guerreros:
«Con denuedo marcharon á la guerra,
La paz de sus hogares despreciaron,
Sus cenizas cubrió sangrienta tierra,
Pero al sepulcro con honor bajaron.
¡Oh recuerdos de gloria! ¡Cómo late
Mi ardiente corazón! ¡cómo se agita!
Al recordar los triunfos, el combate,
El pecho militar siempre palpita.
—Hidalgo, Allende, valeroso Aldama,
¡Cómo os envidio vuestra eterna gloria!
Trocara mi existir por vuestra fama,
Por dejar una página en la historia.»
El mérito es intrínseco y está en que todo lo expresa sinceramente, y más, en que realizó la promesa al pie de la letra: siempre patriota, valiente y sin abrigar un solo pensamiento impuro.
Siendo teniente de Ingenieros, el 29 de Marzo de 1853, le nombraron ayudante del Batallón de Zapadores; entonces este Cuerpo del Ejército era de lo más escogido entre la milicia, porque los que le formaban no tenían tacha en su comportamiento, valor y disciplina. Nunca antes ni después Batallón alguno de la República, no olvidando el de Supremos Poderes que intentó ser su remedo, tuvo más instruída y decente oficialidad.
El dictador Santa-Anna, á quien caía en gracia el joven militar por su apostura, su saber en la ingeniería, su conducta y su valentía, le ascendió el 1.º de Junio del mismo año á Capitán 2.º de la cuarta compañía de Zapadores.
Apoyado por sus méritos, cada día más grandes, subía á pasos de gigante el escalafón, sin dar los saltos que ahora se acostumbra, y con el previo bautizo de sangre en el campo de batalla recibido de las balas enemigas por una causa justa y patriótica. Jamás movió una influencia, de las muchas que tenía, para ascender: los grados venían á sorprenderle y no iba á buscarlos en las antesalas de los omnipotentes en política.
Un general, antes furibundo reaccionario y hoy republicano, le aconsejaba hablando de grados:
—Leandro, aproveche Ud. sus buenas amistades de arriba.
—Los medios para ascender los tenemos en nuestras manos—respondía.