Esto da la clave del por qué los conservadores eran después imperialistas y ahora casi todos estos fieles y abnegados se han hecho del partido liberal.

En Puebla apresaron á don Rómulo por haber aparecido en público como liberal exaltado y amigo exigente de la rectitud en los actos gubernativos. Leandro al llegar á la ciudad y tener conocimiento del suceso, pidió indignado su baja al Gobernador y Comandante Militar del Estado.

—No me es posible servir á un Gobierno que no respeta al autor de mis días—manifestaba dando por fundamento de su solicitud.

El general don Juan Alvarez, satisfecho de los grandes servicios de don Rómulo durante la revolución del Plan de Ayutla, quiso que Leandro fuese Agregado á la Legación de México en los Estados Unidos; pero don Ignacio Comonfort, por causas muy ajenas á su voluntad, no pudo llevar á efecto el buen deseo de su respetable antecesor; en cambio, á poco tiempo, le envió á París para compensarle algún tanto la eficaz ayuda que como ingeniero prestó en el sitio de Puebla el año 56.

Tan enemigo era de los títulos de nobleza, que en circunstancias serias se burlaba de ellos. Asistió á un gran baile en las Tullerías con el Ministro de México don Francisco Modesto de Olaguíbel y se hizo anunciar de los heraldos como Conde del Nopalito.

El joven militar quedó satisfecho de tan deseado viaje, visitando algunas de las principales ciudades de Europa; la falta de recursos le cerró las puertas del colegio y ya no hizo más estudios, como fué su propósito. A fines de 1857 pisaba de nuevo el suelo patrio y obtenía del mismo Comonfort el grado de Capitán 1.º de la primera compañía del Batallón de Zapadores.

En la defección de Comonfort hizo esfuerzos por rebelar á los Zapadores en Santo Domingo y por ello tuvo un serio disgusto con el jefe de la reacción, al menos así aparecía, el general José de la Parra.

Perdida la capital de la República, el 24 de Enero de 1858, de la noche á la mañana, salieron en diligencia su padre y él rumbo á Salamanca, donde se encontraba Doblado.

La víspera de su partida, para tomar parte en la guerra de Reforma, comió y tuvo una larga entrevista con el general Miguel Miramón en el restaurant de La Estrella, en la calle del Refugio, frente al portal de Agustinos, y trataron de sobornarse el uno al otro: Miramón ofrecía todo un porvenir á Valle, y éste, otro no menos lisonjero á aquél; pero ninguno cedió: cada quien tomó senda opuesta, sin perder nada esa fraternal amistad.

Miramón ya le debía la vida: se la había salvado en Puebla.