En Salamanca, á principios de Marzo, Iniestra y Leandro del Valle formaban parte del Estado Mayor de aquel general.
Cuenta el señor J. Martínez que la víspera de la batalla, en la que más que perdieron, se dispersaron sus tropas, aconteció una escena curiosa. Valle tuvo un disgusto con el español Bravo, y éste, inquieto por el juicio que aquél se había formado de su persona, le dijo:
—¿Usted ha dicho que desconfía de mí?
—Sí, señor, lo he dicho, respondió Valle.
—Podría pedir á usted una satisfacción; pero esto sería indigno entre dos jefes liberales; mañana, al frente del enemigo, el que menos avance merecerá la duda.
—Corriente.
—Convenido.
—Déme usted la mano.
Y la promesa quedó pactada.
La prueba fué decisiva, más que en Salamanca, en la carga de Calderón: Bravo hizo prodigios de valor. Leandro reunió á sus amigos y dijo á su rival: