—Señor coronel, le pido á usted perdón; yo no había sabido juzgar á usted.

A Bravo se le ahogó la voz en la garganta y no pudo más que llorar.

Este fué el origen de la inquebrantable amistad de los dos jóvenes militares.

El premio de su bizarría al resistir las fuerzas de la legalidad al mando de Doblado, á los tacubayistas de Osollo, y de igual comportamiento al querer Landa en Santa Ana Acatlán aprehender á don Benito Juárez y su Gabinete, fué ser ascendido á teniente coronel de Ingenieros.

Cuando Juárez y su Gobierno, pasado el inminente peligro que corrieron en Guadalajara, partieron rumbo á Colima para embarcarse en Manzanillo, dar vuelta por el Istmo de Panamá y salir á Veracruz, Valle estaba á las órdenes de Santos Degollado; entonces don Rómulo, con el grado de general, era el comandante militar de Colima por nombramiento que hizo el popular Degollado.

Durante los cortos días de estancia ahí, mientras se rehacían y proveían de armamento y municiones las tropas liberales para volver á emprender la campaña en el centro de Jalisco, Leandro se dedicaba con ahinco, que parecía rayar en delirio, en ejercitar á los soldados que estaban bajo su inmediato mando. Su ideal era que reinase entre todos ellos la instrucción y la subordinación y que pudiesen arrostrar en cualquier tiempo el peligro. Les predicaba siempre: «Ante el enemigo nunca contéis el número.»

La acción de Cuevitas le dió nombradía entre los que por envidia pretendían rivalizar con él. Su valentía y arrojo llegó á ser proverbial.

En el sitio que las fuerzas liberales pusieron á Guadalajara, en el mes de Octubre, él fué quien dió el primer paso para alcanzar la victoria. A iniciativa del general Refugio I. González y con asentimiento tácito de don Benito Gómez Farías, practicaron una mina de pólvora en el bastión de la calle de la Merced y se introdujeron por las casas de la manzana hasta el lugar elegido; estaban vacilantes porque creían arruinar las fincas contiguas y principalmente la en que iba á hacerse la mina, que pertenecía á la señora Ornelas de Díaz, quien profesaba hasta el fanatismo los principios liberales y tenía por santos de su devoción á Juárez, Degollado y Ocampo. Durante las perplejidades, para no perjudicarla en lo más mínimo, Leandro del Valle la hacía reflexionar:

—Señora, se va á caer su casa.

—No le hace; no importa.