El fué el que tuvo el mando de una de las brigadas que defendían el puente de Tololotlán, cuando las fuerzas reaccionarias emprendieron la retirada, después de un fuego nutrido de cañón que rompieron sobre los liberales.
El 20 de Octubre de 1860, el coronel Toro le reemplazaba en el mando de la primera brigada de la división de Jalisco y era nombrado cuartel-maestre. Estaba en el sitio de Guadalajara. Días antes, el 29 de Septiembre, en junta de generales, había reprobado la conducta de don Santos Degollado, quien envió á González Ortega copia de la carta de Mathew y las proposiciones de pacificación que le hizo. Fué uno de los que firmaron la respuesta vehemente á la comunicación del general en jefe del ejército federal.
Conociendo Zaragoza su pericia militar, le ordenó, el 26 de Octubre, el desarrollo de un plan de ataque sobre la plaza. Llevado á la práctica, el 29, en uno de tantos combates, parte del enemigo hizo el simulacro de suspender el fuego graneado y pasarse: pero apenas estuvo á quemarropa de los soldados de Valle, rompió de nuevo el fuego y éste pudo salvar arrojándose á un foso. Se encontraba en el punto de más peligro con Zaragoza en los instantes en que las fuerzas de la legalidad se apoderaban á bayoneta calada del resto de Santo Domingo. Al pedir parlamento el general Severo del Castillo, fueron los representantes de Zaragoza, Doblado y Leandro del Valle, quienes en la entrevista rechazaron indignados los puntos de política del país que les tocaron. Las bases acordadas, y que conservaron intacta la dignidad del ejército, fueron firmadas por Zaragoza, Doblado y Valle. No habiéndolas cumplido el enemigo, Valle dirigió desde Zapotlanejo, donde estaba con la división de Jalisco, y algún botín de guerra, un comunicado á Doblado en el que se leía: «Supuesto que Castillo ha roto los convenios, debe ser batido dentro de la plaza ú obligado por la fuerza á salir de ella, á menos que no se rinda con la fuerza que lo obedece.» Castillo huyó de Guadalajara rumbo á Tepic y Zaragoza dispuso que Valle le persiguiese. Este logró dispersarle buen número de sus soldados.
En marcha el ejército para la capital de la República, iba con el general en jefe y le acompañaba á Guanajuato, Celaya, San Juan del Río, la Soledad y Arroyozarco. Aquí reunidos los ejércitos del Norte, Centro y Oriente, aceptaron la batalla en las lomas de San Miguel de Calpulalpan, que Miramón y Márquez les presentaron el 22 de Diciembre. El general Jesús González Ortega, á la cabeza de las divisiones de Zacatecas y unido á Valle, cogieron á paso veloz la retaguardia al enemigo, que se batía ya con Zaragoza, Lamadrid, Antillón, Toro y Blanco, y obtuvieron el triunfo definitivo que hizo volver los Poderes á la Capital. Antes de entrar el ejército en ésta, su amigo de infancia y compañero de colegio, Miramón, le escribía la siguiente carta: «Querido Leandro: No sería difícil que Concha necesitase de alguna persona de influjo del partido triunfante, y prefiero dirigirme á tí que á alguno de sus parientes, á fin de que hagas por ella, en nombre de nuestra antigua amistad, lo que en igual caso haría yo por tu familia. Disfruta de felicidades y manda á tu amigo.—Miguel Miramón, Diciembre 24 de 1860.—Señor general don Leandro del Valle.»
Repuesto el gobierno de la legalidad, tuvo el mando de las armas en el Distrito y seguidamente ocupó su asiento en el Congreso, como diputado por Jalisco. Las más de las sesiones tomaba parte en los debates. Fué de los de la iniciativa, á la muerte de Ocampo, para que se pusieran fuera de la ley á sus asesinos, desde Zuloaga y Márquez hasta Cobos. El 7 de Junio de 1861 pronunciaba estas textuales palabras en plena Cámara: «Hemos votado la suspensión de garantías los liberales rojos, á quienes no puede atribuirse odio á la libertad y á la Constitución, que hemos defendido con las armas en la mano.»
El día 1.º había dicho ya: «En nuestras masas hay poco espíritu público y pocas ideas.»
Y el día que México supo el asesinato de Ocampo, tuvo que ser un héroe para apaciguar al pueblo amotinado á las puertas de la prisión, que pretendía matar á Isidro Díaz y Casanova.
II
Iniciando en el Congreso la supresión de los tratamientos oficiales, supo la muerte de Santos Degollado, y ciego de ira, dejó escapar una palabra dura contra aquél, que originó con el general Nicolás Medina, serio altercado, que debía terminar en duelo.
—Estas charreteras me las he puesto á cañonazos—dijo exaltado Valle palmeándose los hombros.