Y quiso ser el de la revancha.
Una mañana, ¿quién de aquella época preñada de odios, no la recuerda? Leandro Valle, montando en San Pedro (un brioso caballo alazán tostado), vestido de gris, luciendo la militar botonadura dorada, fieltro negro, botas federicas, el pelo al rape, barbirraro en la punta de la barba, radiante de gloria y muy joven aún, salía de la casa número 4 del Tercer Orden de San Agustín, para marchar á la cabeza de las fuerzas que el Gobierno creía suficientes para exterminar las reaccionarias de Márquez y Zuloaga, que, después de asesinar á Ocampo en Caltengo, invadían ahora el Estado de México. A la vez, el coronel Tomás O’Horán venía de Toluca para operar de acuerdo sobre el enemigo, en el Monte de las Cruces. El general José María Arteaga iba por otro lado, al mismo punto.
Turbado por tristes presentimientos, Valle se había despedido de la que pronto sería su esposa, la señora Luisa Jáuregui de Cipriani, prometiéndole la victoria. De paso en la calle real de Tacubaya, dió también el adiós á doña Ignacia.
—Tal vez no nos veamos más. ¡Quién sabe si me ahorquen, madre mía!—exclamó, echándole los brazos, mientras ella, creyente fervorosa, le colgaba al cuello un relicario de la Virgen de los Remedios.
—No, no quiero; dirán que una cosa creo y otra predico.
—Mira, Leandro, hazlo por mí.
La noche del 22, Márquez y Zuloaga tuvieron noticia en Acapulco, de que O’Horán, de Toluca, y Valle, de México, salían á combatirles, y dispusieron marchar la madrugada del 23, para darles encuentro en el Monte de las Cruces. A las diez y media de la mañana, las avanzadas de caballería de los coroneles Almancia y Juan Silva tiroteaban á las de Valle en la Maroma. Luego Márquez ordenó la carga y se empeñó sangrienta batalla bajo fuego nutrido, hasta cerca de la una de la tarde, en que Valle, en una loma, ya sitiado, y á la desbandada y muerta parte de su tropa, formó cuadro. Debilitado el flanco izquierdo de los Batallones de Moctezuma y segundo de Zacatecas, hizo en triángulo resistencia, y en zig-zag, para luchar á bayoneta calada. Al ver la irremediable, montó en San Pedro y rompió el sitio. Un piquete de la caballería le persiguió á escape y el hizo prisionero en Santa Fe. Desgarraba el cielo nublado uno que otro tiro de los dispersos en la espesura del monte, cuando Lindoro Cajiga y el coronel Jiménez Mendizábal aparecieron en el campo de la guerra, conduciendo en medio á Leandro Valle. Se aproximaba fumando un puro, con asombrosa tranquilidad, rodeado de una turba furiosa que le befaba, gritando: ¡Muera el pelón! ¡mátenlo! ¡mátenlo! Avisaron á Márquez, que se encontraba con su estado mayor y Zuloaga en una explanada, que habían cogido prisionero á Valle.
—Supongo que á éste sí lo fusilaremos—dijo Márquez á Zuloaga.
—A éste sí, porque lo hemos cogido con las armas en la mano—afirmó Zuloaga[14].
He aquí la orden de fusilamiento: