Ni un viajero cruza por aquellas soledades, reciente teatro de una catástrofe.

El huracán de la revolución tiene yermos aquellos campos.

Se ignora la altura del sol, porque las montañas están alumbradas por luz de crepúsculo.

Repentinamente aquel silencio se turba; grupos de guerrilleros comienzan á aparecer en todas direcciones, posesionándose de las montañas y desfiladeros, indicando el movimiento de una sorpresa.

Unos batallones se sitúan en la hondonada de un pequeño valle, en actitud de espera.

Pasan dos horas de espectativa, cuando se dejan ver las primeras avanzadas de una tropa regularizada; se oyen los primeros disparos, y comienza á empeñarse un combate parcial; los soldados de Valle se extienden por las laderas, desalojando á los reaccionarios, y con el grueso de sus tropas hace un empuje sobre las del llano, que resisten á pie firme algunos minutos y comienzan después á desordenarse.

Los guerrilleros de la montaña pierden terreno y se replegan á su campo.

Valle debía obrar en combinación con las fuerzas del general Arteaga que se le reunirían en aquel campo; pero alentado con el éxito de su primer movimiento, cree alcanzar, sin auxilio, una fácil victoria, y se lanza con arrojo sobre el enemigo que huye en desórden.

Una coincidencia fatal viene á arrebatarle su conquista.

Márquez llega al campo enemigo accidentalmente, con fuerzas superiores á las de Valle, le sorprende en ese desórden que trae consigo la victoria, y alcanza á derrotarle completamente.