Valle hace esfuerzos inauditos de valor; sus oficiales le quieren arrancar del campo; pero él prefiere la muerte, á presentarse prófugo y derrotado en una ciudad que le aguardaba victorioso.

El joven general cae prisionero después de disparar el último tiro de su pistola.

El tigre de Tacubaya, la hiena insaciable de sangre, tiene una víctima más entre sus garras y no la dejará escapar.

Está en su poder el soldado á cuyo frente había retrocedido tantas veces, el que le había humillado en los campos de batalla...... su sentencia era irremisible! Valle comprendió desde luego la suerte que se le reservaba, y escuchó con serenidad su sentencia de muerte.

Márquez quizo humillar en su horrible venganza al joven general, mandando que se le fusilase por la espalda como á traidor.

Entre aquella turba de miserables asesinos, no hubo una voz amiga que se alzara en favor del soldado que había perdonado cien veces la vida de los prisioneros, y evitado en la capital que la cólera del pueblo consumase una represalia en personajes de valía entre los reaccionarios.

El vaticinio popular se cumplía: «Caerá en poder de sus enemigos, y no le perdonarán.»

Cerraba la noche de aquel día aciago, cuando Valle fué conducido al lugar de la ejecución.

De pie, reclinó su frente sobre la tosca corteza de un árbol, se apoyó en sus brazos y esperó resuelto el golpe de la muerte.

Oyóse una descarga cuyos ecos repercutieron en el fondo de las montañas, y al disiparse el humo de la descarga, se vió en el suelo al general Valle tendido en un lago de su propia sangre, agitándose en las últimas convulsiones.