—Y de génio, ¿qué tal sigue?

—Perfectamente: no tiene mas voluntad que un niño.

—¿Y aun teneis de esos polvos?

—Hánseme agotado, y quiero llevarme hoy mas.

—Tomadlos—dijo la Sarmiento, sacando de una caja un pequeño paquete envuelto cuidadosamente en hojas secas de maíz—suponia yo que se os habrian agotado, y los tenia aquí á prevencion.

—¿Y el dia que yo quiera que esto termine?

—Mezclad en el vino de vuestro esposo tres gotas del líquido contenido en la redomita, y lo vereis completamente sano.

—No, no me entendeis, no quiero decir que sane, sino que.....

—Os comprendo: doblad la dósis de los polvos y romped la redoma, y entonces podeis asegurar que estais ya viuda.

—Muy bien......... ahora oidme: necesito que me ame un hombre, lo oís; necesito que me ame, porque yo le amo á él, y le amo como no he amado nunca.