La Sarmiento conoció lo que pasaba, pero no le era posible otra cosa sino seguir adelante y darse por engañada ella misma delante de Luisa.

—¿Lo oís, señora?—preguntaba ésta temblando—¿lo oís?

—Lo he oido.

—¿Y qué decís de eso?

—Digo, que yo os exhorto á tener valor, y que lo estais necesitando.

Luisa estaba completamente turbarda.

—Quiero irme—dijo.

—Vamos—dijo la Sarmiento—tomando el candil.

Y sin hablar una sola palabra salieron del subterráneo.

Luisa se cubrió con su velo, puso en manos de la Sarmiento una gran bolsa llena de dinero, y acompañada del Ahuizote que la habia traido, salió de la casa profundamente preocupada y silenciosa.