Cuando la Sarmiento volvió al subterráneo, encontró á Martin riéndose con todas sus ganas.

—Por vida mia, señor Bachiller—dijo la bruja—que no sé en qué pensásteis para haber asustado así á tan amable dama.

—Já, já—decia Martin riendo—os aseguro, señora Sarmiento, que por muchos dias va esa muger á soñar las paredes, y no en pichones ni en palomas.........

—Pero habeis cometido una mala accion.

—Sí, soltándole al chivo, cuando soltar debí al gato para acabarla de espantar.

—No os burleis, que como yo lo he dicho, sus amores producirán grandes trastornos en esta tierra.

—Señora, si antes tenia tan poca fé en vuestras artes y hechicerías, hoy no tengo ninguna; porque ya he representado mi papel de mago, y no es de lo mas peor; si nó que lo diga esa Luisa.

—Es decir que continuais en vuestra incredulidad.

—Mas que nunca—¿y quereis decirme qué elíxir de amor es ese que habeis dado á la dama?

—Eficacísimo.