Aquellos rumbos eran muy concurridos de estudiantes troneras y de mozas alegres, y estos formaban la mayor parte de la vecindad de la plaza.

Don Alonso se dirijió á un hombre sumamente viejo, encorvado, cojo, y cubierto de harapos, que sentado en el suelo, comia unos pedazos de tortilla de maíz, duros y secos.

—¿Sabes si vive aquí Cleofas la beata?—le dijo.

—Entre su Señoría, que debe encontrarla en el cuarto de enfrente.

Don Alonso entró y en efecto á poco andar, descubrió dentro de uno de los cuartos á la beata que conocen ya nuestros lectores, desde las primeras escenas de esta historia.

—¡Ave María Purísima!—dijo la beata al ver entrar á Don Alonso.

—En gracia concebida—contestó Rivera quitándose el sombrero.

—Qué milagro Señorito, que andais por esta pobre casa.

—Milagro debiera ser, y vos Doña Cleofas debíais agradecerlo mas á la Providencia que nadie, si recordais lo que conmigo habeis hecho.

—¿Y que os he hecho Señorito?