—Negad vos, que me habeis traicionado, que me habeis vendido, que sin vuestro auxilio aun no tomaria el Arzobispo posesion de mis casas.

—Por el Sagrado nombre de Jesus.........

—¡Eh! callad, que no vengo ahora ni á reconveniros ni á escuchar vuestras disculpas, necesito que me ayudeis en un negocio.

La beata respiró con el nuevo giro de la conversacion.

—Mandádme, señorito.

—¿Conoceis á Doña Blanca de Mejía, hermana de Don Pedro?

—La conozco, que muchas veces me ha dado mi caridad.

—¿Entrais á menudo á su casa?

—Tanto de á menudo no, pero sí algunas veces.

—Bien; necesito que vayais á ver á Doña Blanca lo mas pronto posible.