Pensando en esto llegó hasta la puerta del aposento de Blanca; los criados la habian visto allí otras veces ocurrir por su limosna, y no le pusieron obstáculo.
Llamó y entró en la cámara de Blanca sin esperar respuesta.
Doña Blanca y una de las dueñas cosian cerca de una ventana que caia á un patio.
—Que la paz de Dios sea en esta casa—dijo la beata.
—Amen—contestó la dueña.
—Madre Cleofas—dijo Doña Blanca—¡qué dichosos ojos los que os miran por acá, despues de tantos dias de ausencia!
—¡Ay hija! no sabeis cuántos trabajos he pasado para mudarme ahora que su Ilustrísima nos pidió que desocupásemos las casas.........
—¡Ah, y es verdad! que vos viviais en las casas que se han derribado.
—Sí, y que no sabia adónde mudarme; pero gracias á su Divina Magestad, ya estoy muy tranquila en mi casita, á lo pobre, pero Dios no me abandona.
—Vaya, cuánto me place.