—¿Pero á juzgar por vos?

—De concederlo tiene, siendo él tan respetuoso como galan.

—¿Esa es vuestra opinion?

—Sí ¿pero esa opinion de que os sirve?

—De mucho, que la dama sois vos.

—¿Yo!.........

—Sí, vos hija mia, ¿de que os espantais? ¿no sois jóven y hermosa?

—¡Madre Cleofas!

—Hija mia, no os enojeis, que no os digo un pecado, yo se y sabe Dios que sus fines son lícitos y honestos, que es un caballero principal, y que os quiere de veras, ¡pobrecito! si lo vierais beberse sus lágrimas, triste, pálido, que no come, que no duerme, pensando en vos, y luego tan apuesto, tan garboso, tan buena presencia; ¡ay hija mia! creedme por Dios que nos oye, que parece que nació para ser vuestro esposo.

—Pero si yo no pienso en eso—dijo Blanca temblando y emocionada como si hubiera visto un espectro.