—El mismo—contestó el jóven.

—Entonces quisiera deciros algo en secreto.

—¿A dónde iremos para que me hableis?

—Aquí, que no es asunto largo; mandad solo alejar á vuestros lacayos.

Don Cesar hizo una seña á los lacayos, y se retiraron.

—Podeis hablar.

—Pues oídme.—Don Cesar se inclinó sobre el arzon hasta estar cerca del hombre que le hablaba.

—Una dama principal, jóven, hermosa y rica, tiene por vos un gran amor, que ella no me ha autorizado para deciros, pero que yo os lo declaro porque creo en esto daros placer.

—¿Y quién es?

—No me exijais tanto; id mañana á Jesus María á la misa de diez, podeis allí adivinarla.