—¿Ah, eres tú?—contestó Luisa dejando el libro.

—Sí señora, y tengo una cosa que deciros.

—Ven, pues, por aca, que aunque Don Manuel duerme, pudiera despertar é interrumpirnos.

—Es negocio breve—dijo el Ahuizote, siguiendo á Luisa á otra estancia—acabo de hablar á Don Cesar.

—¿A Don Cesar?—dijo Luisa poniéndose encendida.—¿Le hablaste? ¿Qué le dijiste? ¿Qué te dijo? ¿Cómo estuvo eso?

—En el paseo iba á caballo, yo venia, y pensé para mí esta es la ocasion, y lo detuve—¿sois Don Cesar?—le pregunté—sí—me contestó—pues una dama tiene amor por vos; id á buscarla mañana en misa de diez á Jesus María: al verla la conocereis, y os espero en la tarde aquí á las cinco—muy bien, me dijo—y nos separamos.

—Pero supongo que ni le dijiste mi nombre, ni que ibas de mi parte.

—¿Por quién me habeis tomado? Pruebas y bien claras teneis de mi discrecion.

—Es verdad.

—Bueno, ya yo dí el primer paso: ahora vos ved como os aprovechais: id mañana á Jesus María lo mas hermosa que podais, y que él os vea; yo me encargo de lo que siga.