—Eres muy hábil—contestó Luisa—y te debo una gala, toma—y desprendió de su cuello una gruesa cadena de oro, que el Ahuizote sin la menor ceremonia se plantó.

Luisa estaba emocionada en aquel momento porque habia llegado para ella el tiempo de amar, y amaba con toda la fuerza de su alma á Don Cesar, con quien no habia logrado, hasta entonces, tener relaciones de ninguna clase.

En toda la noche Luisa no pensó sino en la cita del dia siguiente, y apenas durmió.

En otra parte tambien una muger velaba: era Doña Blanca que preocupada con la hipócrita relacion de la beata, no podia alejar de su imaginacion al hombre que Cleofas le habia delineado, pero al que ella le daba el colorido mas poético y la figura mas romancesca.

En honor de la verdad, ni el nombre de Don Alonso de Rivera cruzó por la mente de Doña Blanca: ella conocia á Don Alonso, y era en él en quien menos hubiera pensado la jóven para fijar su amor.

Al dia siguiente muy temprano, Don Pedro de Mejía entró á los aposentos de Doña Blanca.

—Perdonadme, Doña Blanca, que tan temprano os incomode—dijo Don Pedro con una amabilidad inusitada en él.

Blanca lo estrañó, pero tuvo mucho gusto con aquel cambio que estaba tan lejos de esperar.

—Podeis mandar—contestó—que bien sabeis que me place obedeceros.

—Pues escuchadme. Dias hace que ando pensando cuán mal hice, ayudando á Don Alonso de Rivera en los obstáculos que puso á la fundacion del nuevo convento.