—¿Y por qué no vos?
—Porque despues de lo ocurrido, no me pareceria digno hacerlo con el Arzobispo ni con el Oidor, y seria mas prudente y mejor que lo hiciérais vos en mi nombre, á la madre Sor Inés de la Cruz, que es, ó al menos se considera hasta hoy, como la fundadora: además, que no me conviene por la amistad que me une con Don Alonso, y por el deseo natural de que no se oponga á mis proyectos de enlace con Doña Beatriz, que él se entere de que yo protejo al convento de Santa Teresa. ¿Quereis, pues, ayudarme?
—Con mucho placer.
—Entonces, tomad, aquí está una escritura de dos mil pesos, y entregadla en mi nombre á Sor Inés de la Cruz, encargándole la reserva.
—Haré cuanto me decís, y hoy mismo, y en esta misma mañana voy á vestirme y á llamar á las dueñas que me acompañen.
—Y yo voy á mandar que enganchen una carroza.
Doña Blanca, alegre por la conversacion de su hermano, entró á vestirse para ir al convento, y Mejía contento por el giro que tomaban las cosas, salió á dar órden de que dispusiesen una carroza.
A las diez de la mañana llegaba á la puerta de la iglesia de Jesus María Don César de Villaclara, en busca de su hermosa desconocida. Luisa se habia adelantado, y estaba ya dentro del templo.
Don Cesar se detuvo en la puerta mirando curiosamente á todas las damas que entraban, pero ninguna se turbaba, ni le parecia capaz de merecer los elogios del hombre de la Alameda: por fin, se decidió á penetrar en el templo, pero en los momentos de entrar, oyó el ruido de una carroza. Quizá será ella—pensó y se detuvo—pero para no llamar la atencion se volvió buscando á alguien para fingir negocio, y junto á sí observó á una beata de hábito de San Francisco, que era nada menos que la Cleofas.
La carroza se acercaba.