Con estas reflexiones, Blanca se turbó, se puso encendida y pisó la orla de su vestido al entrar al templo.
Nada de esto se escapó á la penetracion de Don Cesar; dejó á la beata, entró al templo detrás de Blanca, y se colocó de manera que pudiese verla.
Durante la misa Blanca levantó dos ó tres veces los ojos, y Don Cesar la miraba siempre: la jóven no pudo entender ese dia las oraciones de su devocionario. Estaba enamorada.
Luisa vió entrar á Don Cesar y tosió y se movió, y procuró llamar su atencion; él la miró, pero como buscaba un lugar para ver á Blanca, se perdió entre la muchedumbre que llenaba el templo.
Al terminarse la misa los tres se volvieron á ver.
Luisa no se retiró completamente satisfecha.
Doña Blanca subió á su carroza, profundamente preocupada.
Don Cesar, contento, orgulloso, satisfecho, tomó el camino de su casa, anhelando la llegada de la tarde para hablar con el hombre de la Alameda.
Doña Blanca llegó á su aposento, y aunque habia dado órden de que no dejaran entrar á la beata, preguntó por tres veces si no habia venido, y cada vez que la decian que no, sentia una sensacion estraña de disgusto y de satisfaccion, que no sabia cómo esplicarse ella misma.
Cuando dieron las cinco de la tarde, el Ahuizote, que habia estado en espera de Don Cesar, lo vió aparecer caballero sobre un arrogante alazan, y buscando inquieto por todas partes.