—Aquí estoy—le dijo presentándosele.

—Os buscaba con impaciencia.

—¿Vísteis á la dama?

—Sí, que la ví, y mi corazon ha quedado prisionero, es tan hermosa, que daria mi vida por besar siquiera la orla de su vestido.

—Pronto os encendeis, ¿pero no la habreis equivocado?

—¿Puede esa muger confundirse con otra? ¿puede equivocarse mi corazon? no, ella era, yo lo siento, lo adivino, apenas me vió se puso encendida como las amapolas de nuestros lagos, se turbó visiblemente, y durante la misa me miró varias veces á pesar de la gente y el respeto del lugar. ¡Oh! decidme su nombre, decídmelo, por Dios, cuanto querais pedidme, pero ayudadme á conseguir su amor.

—Os diré solo que se llama Luisa.

—Luisa, oh, qué nombre tan dulce, Luisa, Luisa mia, ¿y su condicion?

—No, hasta que ella no me lo permita, no os lo diré.

—¿Pero cómo volveré á verla, cuándo?