—Ella os ama, es lo que debe consolaros, le diré que vos la amáis, y quizá muy pronto os lleve adonde verla podais en vuestros brazos.

—Me hareis el mas feliz de los mortales: decidla que la amo, que la adoro, que desde el punto feliz en que la he visto, no puedo ser mas que para ella.

—Mañana venid á este mismo lugar.

—¿De veras? ¿y cómo os llamáis?

—Juan Correa—dijo el Ahuizote.

—Pues bien; Correa, guardad este recuerdo de mi gratitud—Y Don Cesar desprendió de sus dedos un rica tumbaga.

—Gracias—dijo el Ahuizote—no lo hacia yo por tanto.

—Pues hasta mañana á esta hora, aquí.

—Aquí.

Y Don Cesar, como todo hombre que va á caballo y recibe una buena noticia, sintió la necesidad de andar aprisa, y comenzó á galopar.