Por fin, la beata arresgó una indirecta.
—Hoy ví al enfermo de que os hablé ayer.
Entonces Blanca se puso pálida, y se agachó para ocultar su turbacion.
—¿Y qué dice?—preguntó tímidamente.
—Cada dia peor.
—Pobrecito.
—¿Quién es?—preguntó Doña Mencia.
—Un viejecito ciego—contestó Doña Blanca.
La beata pensó—esto va muy bien—y luego agregó recio—¿Hija mia, no os dá lástima?
—Y tanto que ya deseo que sane.