—Se lo diré así.
—No, ¿para qué?
—Siempre es un consuelo.
—Entonces, si creeis que es un consuelo, decídselo.
—Qué contento se va á poner.
—Pero no dejeis de venir á darme razon de cómo se encuentra.
—No faltaré.
La beata, impaciente por referir sus adelantos á Don Alonso, se despidió pronto, y Doña Blanca quedó como arrepentida de lo que habia dicho, pero el recuerdo del jóven que habia visto con la señora Cleofas y que era para ella su amante, le volvia el valor.
—Pronto cambiásteis, Señora, de resolucion con la beata—dijo Doña Mencia.
—Es que toda la noche pensé en el pobre enfermo de que me habló ayer, y tanto me condolió su situacion, como me cayó en gracia la caridad de la señora Cleofas.