—Es una muger muy virtuosa, ¡quién cómo ella!—esclamó hipócritamente Doña Mencia.
XXI.
De cómo la beata y el Ahuizote, Luisa y Doña Blanca, y Don Cesar y Don Alonso, se estaban todos engañando.
LUISA creia apenas lo que el Ahuizote le contaba de Don Cesar, y á pesar de todo, no le era posible convencerse del amor del jóven. Sin embargo, la violencia de sus pasiones la precipitaba, y aquella misma noche encargó al Ahuizote que citara para la siguiente á D. Cesar.
Por supuesto que á las cinco de la tarde Don Cesar estuvo puntual en la Alameda, y lleno de placer escuchó que la muger á quien amaba queria en esa noche hablarle por una de las ventanas bajas de su casa.
La hora de la cita era las once de la noche, y Don Cesar, conducido por el Ahuizote, llegó hasta la espalda de la casa de Don Manuel de la Sosa.
La calle estaba desierta y sombría.
—¿Veis aquella ventana?—preguntó el Ahuizote á Don Cesar.
—Sí.
—Pues id y llamad, ella os aguarda.
Don Cesar llegó á la ventana, llamó suavemente, y á poco se abrió con gran precaucion.