—¿Sois vos Don Cesar?—dijo Luisa con una voz dulcísima.

—¿Quién si no yo podria ser, ángel mio? yo que tan alto favor alcanzo de vuestra hermosura.

—¡Ay!

—¿Qué teneis?

—Tengo miedo: ¡si alguien nos sorprendiese!

La oscuridad de la noche no permitia á Don Cesar salir de su error: apenas distinguia el rostro de Luisa, que era en verdad muy hermosa, y se embriagaba con el eco de su voz melodiosa y con el dulce perfume de su aliento.

Si hubiera brillado en aquel momento una luz, quizá Don Cesar no se hubiera sentido triste por el cambio.

Si hubiera podido contemplar el alma de aquella muger, se hubiera horrorizado de su engaño.

—Don Cesar ¿es cierto que me amais?

—¿Que si os amo, señora? ¿eso me preguntais? Preguntadle al sol si alumbra, preguntad á los rios si corren, preguntad á las aves si vuelan y trinan ¡Oh Luisa! os amo, como si todo el vigor de mi corazon y toda la fuerza de mi espíritu se hubieran reconcentrado en esta sola pasion: desde que os ví, señora, mi misma alma me abrasa, mi mismo corazon me ahoga. Luisa, Luisa, quisiera hacer salir de mí el espíritu que me anima, para confundirlo eternamente con el vuestro.