—¡Ah! Don Cesar, qué feliz me haceis con vuestras palabras, y qué feliz soy en amaros, porque yo os amo, como quizá vos no alcanceis ni á comprender: mi corazon es de fuego, y quisiera morir en este momento que soy tan dichosa, antes que cruce el tiempo sobre esas palabras, que á fuerza de hacerme gozar, destrozan mi cerebro. ¡Ah, Don Cesar, solo Dios puede comprender lo intenso del placer que gozo en estos momentos!

—¡Alma de mi alma, tanto es mi amor, que este momento lo trocara por una eternidad de penas!

—Don Cesar, dadme vuestra mano—dijo Luisa—trémula de placer y de emocion.

Don Cesar tendió su mano dentro de la reja.

—Guardad esto—dijo Luisa, poniéndole en un dedo una riquísima sortija de brillantes—y esto—agregó, dando un apasionado beso en aquella mano.

—¡Luisa!—dijo Don Cesar, dando á su vez un beso en la mano de la jóven—esta sortija no se apartará jamas de mí.

—Ahora, idos Don Cesar, idos, que es ya mucho gozar; idos, que yo os prometo que muy pronto nos volveremos á ver.

—¿Cuándo?

—Mañana á las diez en Jesus María: hasta mañana.

—Adios, ángel mio, adios.