Don Cesar se incorporó con el Ahuizote que le esperaba.
—¿Qué tal?
—Soy el hombre mas feliz de la tierra—contestó Don Cesar, y á vos lo debo todo.
—Váya me alegro, y que no lo olvideis.
Luisa, pálida de placer, volvió á su alcoba: Don Manuel dormia profundamente.
—¡Qué feliz soy, qué feliz!—decia—cuánto me ama, y cuánto le amo yo: tan hermoso, tan valiente, tan apasionado, y yo que pedí á la Sarmiento el elíxir, ¡qué tonta! para nada lo necesito, y voy á romper la redomita.
Luisa sacó de un armario dos pequeños frascos.
—Este es—dijo—y abriendo una vidriera lo arrojó á la calle.—Ahora llegó el caso de usar la otra receta de la bruja con este hombre—y agregó, mirando con un profundo desprecio á Don Manuel que dormia—«doblar la dósis de los polvos y romper esta otra redoma»—la dósis la tomará este hombre mañana, y la redoma se romperá esta noche.
El segundo frasco fué arrojado tambien á la calle.
—Ahora sí—dijo Luisa, metiéndose en su cama—si la Sarmiento no me engaña en esta vez, como no me ha engañado nunca, ya puedo considerarme viuda, porque éste es ya un cadáver....