Doña Blanca estaba completamente entregada á las ilusiones de su primer amor en medio de su soledad y de su aislamiento: la imágen de Don César, de quien se creia amada, flotaba á su lado como un ángel; ella lo habia poetizado tanto, y tanto habia pensado en él, que ya no podia sino ocuparse de él.
La beata volvió al dia siguiente por la mañana, y aunque habló de cosas indiferentes, deslizó en las faldas de la doncella un papel cuidadosamente doblado.
Doña Blanca no pudo resistir, amaba y no podia luchar contra su corazon: tomó el papel y se levantó para disimular su emocion: era la primera carta de amor que recibia en su vida.
Se encerró un momento en su cámara y vaciló para abrir aquella esquela; pero el amor triunfó: estaba concebida así:
«Señora: ¿Conque no os soy indiferente? Me volveis la vida: quisiera de rodillas mostraros mi pasion y mi gratitud. Quizá no sea yo digno de osar á tanto, pero esta pasion me enloquece y me atrevo, señora, á preguntaros: ¿me amais? Temblando espera vuestra respuesta el mas humilde de vuestros apasionados.»
Don Alonso que veia aquello como negocio, no habia querido poner su firma hasta no estar seguro de la correspondencia de Doña Blanca, por temor de que ella mostrase la carta á su hermano Don Pedro, estando para ese caso decidido á negarlo todo.
Doña Blanca, temblando se acercó á la mesa, y con mano insegura puso al pié de la carta que habia recibido:
«Sí, yo tambien os amo.»
Volvió á doblarla, procuró serenarse y salió adonde la esperaba la beata.
En un momento en que Doña Mencia estaba distraida, Blanca entregó la esquela y la beata se retiró.