I.
De cómo dentro de un templo, y junto á la pileta de la agua bendita puede un hombre sentirse hechizado.
DON Cesar llegó al templo de Jesus María antes de las diez, y se colocó cerca de la entrada, seguro de que todas las damas llegarian allí á tomar agua bendita.
En efecto, á pocos momentos Blanca entró á la iglesia.
Comenzaba á tener grande amistad con Sor Inés de la Cruz, porque el plan que Luisa habia indicado á Don Pedro de Mejía, era tan sabio, que no podia menos de surtir sus efectos; solo que Luisa no habia contado con el amor de Blanca por Don Cesar.
Cuando un hombre ó una muger han encontrado por casualidad aunque sea, á una persona por quien conciban una pasion violenta en alguna calle ó en algun lugar público, propenden siempre á volver á ese lugar, porque piensan encontrar allí al objeto de su amor.
Esto era lo que pasaba á Doña Blanca, y por eso volvia al templo de Jesus María, á pesar de que no tenia allí cita con Don Cesar. Al verle palideció y se turbó: estaba ella segura de que la beata le habria llevado ya la respuesta á la carta que suponia haber recibido de él.
Don Cesar por su parte creía que la dama con quien habia hablado la noche anterior era Blanca.
Los dos creían haberse entendido, y en realidad no habia mediado entre ambos mas que el amor adivinado.
Don Cesar ofreció á Blanca el agua bendita en la punta de sus dedos, y le dijo muy bajo:
—¿Me amais?