—Sí—contestó Blanca con una voz apenas perceptible; pero que sin embargo, fué oida lo mismo que la pregunta por otra persona que entraba al templo en aquel momento; por Luisa.
Luisa sintió el fuego de los celos, se soñaba tan feliz, habia llegado tan llena de ilusiones, que aquel desengaño era para ella terrible.
La pasion la cegó, y acercándose á Don Cesar le dijo con un acento trémulo por la ira, procurando no ser oida por los fieles que estaban entrando al templo:
—Mal caballero sois, Don Cesar.
Don Cesar se volvió espantado para mirar quién le dirijía aquel insulto, y vió á Luisa encendida por el furor, y mas hermosa que nunca.
—¿Por qué señora?—preguntó mas admirado al ver que clase de persona era la que le insultaba.
—¿Cumplis así los juramentos que me hicisteis anoche?
—¡Anoche! ¿Juramentos á vos, señora?
—Sí, anoche, en las rejas de mi casa.
—No comprendo.