—¿Yo?
—Sí, y lo negais mal caballero, precisando á una señora como yo, á recordaros favores que en mala hora se os han concedido, ¿no me habeis dicho anoche que no érais sino mio? ¿No os he puesto en el dedo esa sortija que me jurásteis no apartar de vos nunca? ¿No habeis puesto vuestros labios en mi mano?
—¿Conque érais vos?—preguntó espantado Don Cesar.
—Era ella—dijo detrás de Don Cesar una voz—era ella, ella que yo mismo os he conducido.
Don Cesar volvióse á ver quién le hablaba, y reconoció al Ahuizote: Entonces comenzó á comprender.
—Señora, anoche he creido hablar con esa dama á quien ahora ofrecia el agua en el momento en que vos entrábais al templo.
—¿Conque es decir que no me amais? ¿Qué he sido un juguete para vos? ¿Un chasco? ¿Conque á quien vos amais es á esa Doña Blanca? Decidme, ¿á ella es á quién amais?
Don Cesar estuvo silencioso.
—Pero yo me vengaré, me vengaré de vos, y de ella; ¡ah! no sabeis lo que habeis hecho, no lo comprendeís todavía: me vengaré, me vengaré de ella, de ella y de vos, que os habeis burlado de mí.
Don Cesar era al fin jóven, y Luisa por demas hermosa, y á él no le hubiera pesado que los amores hubieran seguido adelante.