—Pero, señora—se atrevió á decir—si vos me amais, si tan bella sois, qué impide que siga yo amandoos, que al fin con esa dama aun no tengo nada, y vos podeis perdonarme lo que por mi culpa no ha sido.
—¡Perdonaros, seguiros amando! nunca, ya no os amo: haced cuenta Don Cesar que no me habeis conocido.
Y diciendo esto se separó de Don Cesar y se entró en su carruaje que la esperaba á poca distancia.
La beata Cleofas que, como de costumbre, estaba en el atrio de la iglesia habia escuchado la despedida de Luisa, y como ella conocia á Don Cesar y le estaba agradecida por su limosna, se interesaba ya por él.
—¡Pobre jóven!—pensaba Cleofas—qué triste se ha quedado con el enojo de su amada; pero en fin, ella se contentará que así son las mugeres; y si no se contenta, mejor, porque es un escándalo á Dios que una señora casada, como Doña Luisa, ande en galanteos.
Don Cesar se habia quedado pensativo y sin saber qué hacer, y permaneció así inmóbil como un cuarto de hora: le parecia todo un sueño, creia sériamente que estaba hechizado.
La cita con Luisa la comprendia perfectamente; pero la turbacion y el rubor de Blanca, y aquel «sí» tan dulce, tan espresivo, esto era lo que él por mas que hacia no podia llegar á entender.
Doña Blanca advirtió como otras varias personas, que Don Cesar despues de hablar con Luisa, habia salido con ella del templo; pero aunque sintió su salida, no malició que se trataba de amores.
La misa terminó; Don Cesar no volvia, y Blanca salió de la iglesia.
La primera persona con quien se encontró fué con la beata, y se dirijió á hablarla.