—¿Pues no es el que os dió para mí el billete ayer?—preguntó espantada Blanca.

—Ni pensarlo, que fué Don Alonso de Rivera; este es Don Cesar de Villaclara, el amante de Doña Luisa, con quien acabo de oirle departir de amores en este momento.

—¡Jesus me ampare!—esclamó Doña Blanca, poniéndose pálida y vacilando.

—¡Ave María Purísima!—dijo la beata, sosteniéndola, esta niña se pone mala—Doña Mencia, Doña Mencia.

La dueña llegó corriendo, los curiosos rodearon á Blanca, que comenzó á volver en sí.

—¿Qué ha sido eso, qué ha sido eso?—decia la beata.

—Nada, nada, contestó Blanca, reventando por llorar.

—Cómo nada, y estais pálida como un difunto.

—Ha sido un desmayo, pero ya pasó, vamos Doña Mencia que me siento muy débil.

La beata y la dueña sosteniendo á Blanca la llevaron hasta su carroza, y la ayudaban á subir cuando llegó Don Cesar.