—Decidme, ¿pudiera yo hablar con vos á solas?
—¿De qué negocio?
—De uno que pudiera conveniros.
—Esta tarde á las cuatro, en la casa del Santo Entierro, en la plaza de las Escuelas.
—¿Cómo os llamais?
—Cleofas, humilde sierva de nuestro Padre San Francisco.
—Iré, pero esperadme.
—Id, y me vereis.
—Hasta la tarde.
—Que Dios os guié.