II.
Donde el “diablo tira de la manta.”

SEIS dias después de los acontecimientos que referimos en el capítulo anterior, en el comercio circulaba la noticia de que Don Manuel de la Sosa habia muerto de una manera estraña, y cada uno comentó la cosa á su manera, y la honra de su viuda andaba en lenguas, buenas ó malas, y todos acudian á la casa del difunto á dar el pésame á Luisa, que los recibia con muestras de profundo pesar, cubierta con negras tocas, en un lujoso aposento colgado de negro.

De los primeros en acudir allí, fué como era de suponerse, Don Pedro de Mejía. Don Pedro amaba á Luisa y al saber que estaba viuda pensó en lo que ella tantas veces le habia dicho, y creyó que á partir desde aquel momento Luisa seria enteramente suya; pero Luisa no pensaba sino en Don Cesar, y el amor y el orgullo ofendido de aquella muger, la hacian no pensar sino en su venganza.

—Luisa—le dijo Don Pedro—ya sois libre.

—Y bien—contestó.

—Que ya nada se opone á que seais mia, no mas que mia.

—Don Pedro, aun el alma de Don Manuel vaga y pena tal vez por estos lugares.

—Pero ¿no me dijísteis mil veces que me amabais, que solo esperabais ser libre?

—Sí, pero.........

—¿Pero qué, Luisa?