—¿Me amais, Don Pedro?
—Mas que á mi vida.
—¿Estais dispuesto á hacer por mí cuanto yo os diga?
—Cuanto querais.
—Pues bien, casaos conmigo, soy libre y vos tambien.
Todo podia esperar Don Pedro, menos eso. La reputacion que Luisa tenia en la ciudad no le habia impedido amarla, pero hacerla su muger era ya otra cosa, y vaciló.
—¿Casarnos, y para qué? ¿nos hemos de amar mas por eso? ¿hemos acaso de ser mas felices así?
—Pues de otra manera, nada alcanzareis de mí.
—Luisa, por Dios, no seais exigente.
—Lo quiero.