Don Pedro comenzaba á alarmarse sériamente; su gran vicio era la avaricia, y la pérdida de la mitad de su caudal era para él negocio muy grave.

Pensó en engañar á Luisa para arrancarle aquel secreto, estaban solos, ¿qué prueba tendria ella despues de aquella conversacion?

—Sí—dijo resueltamente—os doy mi palabra de casarme con vos tan pronto como pasen los primeros dias del luto de vuestro esposo.

—Entonces—dijo solemnemente Luisa—firmad aquí.

Y sacó de su seno un pergamino en el que constaba una formal promesa de matrimonio, á la que no faltaba mas requisito que la firma de Don Pedro.

—Eso no—dijo Don Pedro, retrocediendo como si hubiera visto un escorpion.

—Lo que quiere decir, que quereis engañarme, ¿es verdad?

—Lo qué quiere decir, que basta mi palabra, y desconfiais de ella.

—Bien, no firmeis: entonces Don Pedro de Mejía, os quedareis sin la muger que puede haceros tan feliz con su amor, y sin la mayor parte de vuestro caudal, ¿lo dudais? os doy tres meses de plazo, entonces vereis que Luisa tenia razon, y entonces, ¡ay de vos, que no habrá remedio!

—Firmaré—dijo Don Pedro espantado.