—Firmad—contestó Luisa, estendiendo el pergamino, al pié del cual Don Pedro puso su nombre con mano trémula.

—Ahora el secreto—dijo limpiándose el sudor que brotaba de la raiz de sus cabellos—El secreto.

—Oidlo—dijo Luisa doblando el pergamino y guardándolo en su seno, el dia que vuestra hermana se case, tendreis que entregarle la mitad de vuestro caudal, ¿es verdad?

—Sí, es cierto.

—Pues bien, vuestra hermana Doña Blanca, tiene un amante.

—Mentira—dijo Don Pedro, levantándose como impulsado por un resorte.

—Poco galante sois con vuestra esposa; pero os lo perdono por la situacion en que os pone la noticia.

—¿Pero quién es ese amante, ¿cómo lo sabeis?

—Lo sé, porque los he sorprendido en una conversacion amorosa, porque he procurado averiguarlo todo, porque á pesar de la resistencia que oponeis para ser mí marido, yo velo por vos y por vuestros intereses, para probaros cuánto ganais uniéndoos conmigo.

—Pero su nombre, señora, el nombre de ese hombre.