—Se llama, Don Cesar de Villaclara.

—¡Don Cesar! ¡Don Cesar! ¡ah! lo conozco, infame, pero no logrará lo que desea.

—Don Cesar, sí, protegido por vuestra dama, por la madrina de Doña Blanca, por Doña Beatriz de Rivera; he ahí, cómo mira por vos la que queriais hacer vuestra esposa, abandonándome á mí.

—¿Por Doña Beatriz?

—Sí, por Doña Beatriz, y para que mas os agrade, de acuerdo con vuestro afortunado rival el Oidor Don Fernando de Quesada.

—Pero esto es inícuo, Luisa, ¿y cómo sabeis todo eso?

—Y aun mas, os diré que debe andar en esto, cierta beata llamada Cleofas.

—Es cierto, es cierto, la he visto en casa estos últimos dias con mucha frecuencia.

—Lo veis.

—¿Pero en dónde habeis averiguado.........?