—Eso se lo diré á mi marido; por ahora creo que confesareis que os he hecho un servicio tal, que á no ser por él, hubiérais sufrido un golpe terrible, ¿os arrepentís de haber firmado?

—Nunca, Luisa, nunca, me habeis salvado, y sois digna de ser mi esposa.

Don Pedro tomó su sombrero y salió casi sin despedirse; la infernal comedia inventada por Luisa, tenia todo el carácter de la verdad, y el hombre habia sentido el golpe en el corazon.

Luisa se quedó sola, y sacó entonces el pergamino, lo volvió á leer, y dijo con una sonrisa de orgullo:

—Ahora sí soy rica.

Luisa salió de aquella estancia, y pocos momentos despues una de las puertas se abrió suavemente y asomó la cabeza de un hombre que paseó su mirada inquieta por todas partes.

La estancia estaba desierta y el hombre aquel penetró con confianza en ella; era Don Cárlos de Arellano: su fisonomía estaba descompuesta y pálida, oprimia convulsivamente con su mano izquierda el puño de su espada, y maltrataba con la derecha el sombrero que se habia quitado al penetrar allí.

Se detuvo en la mitad de aquella sala, con la cabeza inclinada y como meditando, y luego alzó su frente sacudiendo con cólera su cabellera.

—Con que es decir, Luisa, que me engañas, con que es decir que ese amor de tantos años, y esos juramentos de tantos dias los olvidas por el vil interes del dinero; vive Dios Luisa, que te engañas tú, si crees poder convertirme en el torpe juguete de tus pasiones: me has dicho que eres mia para siempre, y mia serás mal que te pese; lo veremos.

Y como armado de una violenta resolucion, se dirijió á una de las pantallas que en el salon aquel habia, apartó la negra gaza que la envolvia, y se puso tranquilamente á componerse los pliegues del fino encaje de su gola, y de las mangas de su ropilla.