—En esta operacion le encontró Luisa.—Muy bien le dijo con una ternura encantadora—muy bien, los galanes tan apuestos como Don Cárlos de Arellano deben cuidar de su persona en cualquiera parte.

—Luisa mia—contestó Arellano imitando perfectamente el tono de Luisa—cuando hay que presentarse ante una dama como vos, ningun cuidado, ni ningun esmero son por demás; que ante la deidad los adoradores deben llegar lo mejor que les sea posible.

—Adulador—dijo Luisa enlazando sus brazos al cuello de Arellano, y colgándose en él con negligencia.

Arellano inclinó la cabeza y besó los ojos de Luisa.

—Os encuentro preocupado, Don Cárlos.

—Ilusion vuestra, que en verdad, jamás he estado mas tranquilo.

—¿De veras?

—Os lo aseguro.

—Pues entrad, hacedme compañía, es tan triste estar sola.

—Luisa, volveré si me lo permitis, que en estos momentos necesito ir al palacio.