—Yo comienzo por impedir á Blanca toda comunicacion con las personas de fuera.

—Muy bien; ¿y si ella muriera ó profesara?

—Yo soy el único heredero; el testamento de mi padre dispone que nos heredemos mútuamente.

—Bien, entonces es necesario trabajar mucho; yo voy en busca de la beata Cleofas para averiguar algo.

—Y yo á mi casa á encerrar á Doña Blanca.

Y cuando salieron á la calle, cada uno tomó su rumbo.

—Beata infame—murmuraba con cólera Don Alonso—venderme así otra vez, pero aun tiene remedio todo, yo conozco á Don Cesar, él debe morir para que no haya obstáculo á mi boda con Doña Blanca, y despues el caudal es tan crecido, que es lástima que se divida; siendo mi esposa Doña Blanca será muy bueno que muera Don Pedro, y así se habrá hecho verdaderamente un buen negocio.

Don Alonso tocó en la puerta de la casa de Cleofas, y encontró á Don Cesar hablando con la beata.

Don Alonso tiró del estoque, y Don Cesar tomando su sombrero, desenvainó su espada, la vieja dando un chillido se precipitó entre los dos.

D. Alonso era valiente, y además aquel hombre era el primer obstáculo para la realizacion de sus grandes planes: en un momento así no le hubiera sido posible contenerse; la sangre subió á su rostro, y se arrojó sobre Don Cesar.